8 de octubre de 2009

El pibe de los astilleros.

Fue unos meses a caseros y su strato roja se hizo el torbellino que hoy suena en la radio. La ceniza no caía desde su cigarro y estaba en sus ojos desarmándote. Alquiló una rana rubia, tibia y haragana, se moría de ganas de matarla, una linda damita de concordia, el más bello fuselaje que jamás lustró. Le hizo un par de promesas imprudentes y así fue que de ella se aburrió, las minitas aman los payasos y la pasta de campeón. El pibe de los astilleros nunca se rendía, tuvo un palacete por un par de días, rapiñaba montado a los containers: el maldito amor que tanto miedo da. Fue por una lluvia que realmente moje, que pusiera fin a su aventura (un final feliz para pimpollos) allí estaba, al fin, acechándolo. Ciertos reyes no viajan en camello, ellos andan al tranco del amor, esos tipos soplan con el viento al rebaño y su temor.

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